Casa&Hábitat
EXTRACTO DEL DIARIO LA
NACIÓN
¿Qué tienen en común La Gioconda, un tratado
de anatomía humana, el diseño de máquinas
de guerra, la divina proporción, las leyes de la óptica,
la aeronavegación, un proyecto arquitectónico,
una escultura y la hidráulica?
Un nombre que, como pocos, condensa el ideal humanista del Renacimiento,
la búsqueda de una sabiduría universal capaz de
abarcar todos los conocimientos posibles: Leonardo da Vinci
(1452-1519).

El gran artista toscano y precursor de las ciencias modernas
ha forjado algunos de los iconos permanentes de la cultura occidental
y conserva, a pesar de su celebridad, un aura de misterio, debido
a los grandes enigmas que rodean su biografía, llena
de datos contradictorios y puntos oscuros: una sexualidad incierta,
persecuciones que en más de una ocasión lo llevaron
a escribir en clave o a destruir sus anotaciones, dificultades
económicas, experimentos inconclusos y obras destruidas
por una posteridad siempre más atenta a hacer la guerra
que a preservar los patrimonios de la cultura.
Leonardo no sólo realizaba bocetos para sus futuros cuadros
(muchos de los cuales no llegó a pintar), sino también
para sus esculturas en mármol y en bronce, su relevamiento
minucioso del mundo natural (en especial del cuerpo humano),
sus proyectos arquitectónicos y de ingeniería,
sus estudios sobre música, gastronomía y óptica.
Anatomista, arquitecto, escultor, naturalista, pintor, ingeniero,
músico, orfebre, diseñador, hombre de letras,
partidario de la razón pero más aún de
la observación, si hubiese que elegir una palabra que
condense todo lo que fue Leonardo da Vinci, no sería
desacertado decir inventor, con todos los matices que ese término
tiene en su origen.
Inventar deriva del verbo latino invenio, que significa ante
todo descubrir, encontrar algo hasta entonces desconocido; pero
también resuena, en el mármol antiguo de esa palabra
mágica, la raíz de otro verbo: venio, que quiere
decir tanto venir como ir e incluso llegar.
Quizás en esa paradójica raíz del movimiento,
en ese ir y venir de la extraordinaria aventura de las invenciones,
se dibuje, como una divisa, el espíritu de un hombre
que se convirtió en mito de sus contemporáneos
y cuya memoria no hizo más que agigantarse después
de su muerte. Tal vez la vieja música del latín
–que Leonardo conoció, al igual que el griego–
sirva para entonar la canción de una vida que desconoció
el reposo. .Miles de páginas de manuscritos y dibujos
–a veces herméticos y cuyo contenido se conoció
mucho después de su muerte– atestiguan una fascinación
insólita por las más diversas cuestiones; cientos
de proyectos casi siempre inconclusos –pinturas, edificios,
máquinas, estudios científicos o artísticos,
fábulas y aforismos– dan cuenta de una diversidad
de la cual el propio Leonardo fue perfectamente consciente y
manejó con una sabiduría no siempre comprendida
por sus contemporáneos, urgidos por el interés
de los resultados, pragmáticos y muchas veces frívolos.
Ese afán, ese apetito permanentemente insaciado, era
en sí mismo un motor, una fuerza que se distribuía
y a veces se dispersaba en una multitud de intereses que, hacia
el final de su vida, él creyó que podían
condensarse en la mecánica: "Es con mucho la ciencia
más noble y útil, pues gracias a ella ejecutan
sus movimientos todos los seres vivientes".
Ironía del destino o método compensatorio, fue
cuando la malaria disminuyó el movimiento de sus brazos
que Leonardo se dedicó con mayor entusiasmo que nunca
al estudio de esta disciplina, bocetando planos de máquinas
hidráulicas, diseñando sistemas de represas y,
sobre todo, ideando diversas variantes de un artefacto que permitiera
volar y que lo convierten en indiscutido pionero de la aeronavegación.
Tal vez abrumado porque esa cuestión puramente mental
que era para él la pintura no encontraba en sus manos
la capacidad para plasmar el lujo de su imaginación,
prefirió dedicar sus empeños a aquellas formas
de su genio que no dependían tanto de una habilidad ya
menguada como de una inteligencia que, en cambio, permaneció
despierta hasta el fin de sus días. Esa inteligencia
encontró en el dibujo su mejor forma de la memoria.
Cabe imaginar un futuro a la Leonardo, donde los sueños
de la razón no engendren monstruos, sino la utopía
de un arte al alcance de todos.
Texto: Guillermo Saavedra